Tal parece que la mayoría de mis
mejores anécdotas siempre involucran trenes. Esta vez quisiera contar sobre un día
diferente, en el que mis sentidos captaban el mundo con más lucidez que otros días.
Como si hubiese sido el espectador mientras veía una película.
Tome el tren de Narita Express desde
la terminal 1 del aeropuerto de Narita hasta la estación de Shibuya. Los trenes
en Japón tienen fama de ser maravillosamente puntuales, mi viaje seria de las
11:14am a las 12:33pm. Exactamente 78 minutos. Estaba tan cansado de tres
semanas tediosas de trabajo que quise echarme una siesta. Para evitar perder mi
estación de bajada, y confiando en el excelente servicio, puse la alarma de mi
reloj a las 12:32pm (sin desperdiciar ni un minuto de sueño). Al arribar a la estación,
busque la salida donde años atrás había estado, donde la simbólica estatua del
fiel canino Hachiko se encontraba. Busque en el mapa para turistas si la salida
que buscaba era la del Este, Norte, Oeste…para mi conveniencia estaba señalada como
“Hachiko Exit”. La señale con mi dedo y exclame “found it!”. Al dirigirme para
la salida, que estaba como a 500m, un par de extranjeros que parecían perdidos
me iban siguiendo, supongo que aplicaron la misma que yo a veces; sigue al
extranjero, seguro también es turista y va al mismo lugar que tú. Finalmente salí
de la estación, y una vez más mi visión fue destellada por cientos de luces
Neon: un arcoíris de tecnología, incontable cantidad de peatones cruzando el
famoso Shibuya Crossing. Gente bebiendo tranquilamente su café de Starbucks en
el segundo piso del edificio frente al crossing, comprando CDs de música de
Tsutaya, tomándose fotos con el Hachiko de bronce, videos al cruzar la calle…todas
estas imágenes, junto con la humedad del día, el viento contra mi cara y el
olor a concreto de una obra en construcción cerca, crean una experiencia que se
plasma en mi memoria. Si duda alguna este lugar tiene algo especial a parte de
su historia. Aunque ya había estado aquí varias veces en el pasado, y otra de
mis más misteriosas aventuras había empezado aquí durante la noche. Sabía que
esta visita sería la última en mucho tiempo, tal vez jamás regresaría, así que la
vista era digna de recordar.
Seguí con mi plan de buscar regalos
para mi familia y amigos, empezando con los familiares, que usualmente son los más
fáciles. Recorría las calles con tiendas de ropa, tecnología y accesorios, y al
mismo tiempo los repentinos olores de fideos caldosos (Ramen) y arroz al vapor
llegaban a mi nariz, catalizando con cada respiro el vacío en mi estómago.
Finalmente llegue a Tower Records, una torre de unos siete pisos dedicada únicamente
a la venta de CDs de música y vinilos; con variedad internacional. Apenas entre
al edificio y mi vista fue inmediatamente distraída por el álbum de un grupo
americano, favorito de una recién amiga. Tenía pensado buscarle algo especial,
y aunque muchos no lo entenderían, las versiones japonesas de álbumes extranjeros
tienen un extra toque de misticismo. A pesar de ser la misma calidad que si lo
compraras en cualquier otro lado, el título y la descripción en japonés lo
vuelven un objeto envidiable de poseer entre los fans de aquella música. No
estoy seguro si ella hubiese hecho algo parecido por mí, pero no creo que haya
sido coincidencia el haberme topado a primera instancia ese álbum. Merodee un
par de horas por todos los pisos del edificio, escuchando con audífonos las
muestras de los CD’s desde Rock de los 80s hasta Jazz y Blues al estilo
Murakami.
Llego el momento en el que
necesitaba WIFI gratis, en Japón es muy difícil encontrar, seguramente porque
todos los japoneses tienen buen plan de datos y nunca ocupan el servicio gratis,
solo los extranjeros. En seguida vi otro Starbucks un poco más escondido exactamente
al lado opuesto de la calle. Los rayos del sol ardían en mi piel y cegaban mis
ojos; me puse los lentes de sol solamente para cruzar una calle. Ordene un cappuccino
y la chica atendiéndome me pregunto mi nombre, algo muy raro ya que en los Starbucks
de Japón jamás me lo habían preguntado, ya que siempre se evitan la agonía de
tardar en entenderlo y preguntar cómo se escribe. Le pase mi nombre corto y después
me pregunto con una sonrisa tímida “De dónde eres?”. Vengo de México, le conteste.
“wow, quiero ir”. No soy muy bueno
captando este tipo de señales, pero estoy casi seguro que me estaba
coqueteando, algo también muy extraño en la mayoría de las japonesas, tampoco
estaba practicando su inglés, porque me hablo en japonés. Me senté cómodamente a
beber mi café mientras usaba el WIFI y confirmaba la hora de verme con un par
de amigos mas tarde. De la nada, empezó a sonar Misread, de Kings of Convenience
en las bocinas del local. Mi canción favorita desde hace años, que contiene una
de las frases más significativas para mi “ how come no one ever told me, the loneliest
people are the ones who always tell the truth”. Una vez más, el universo se acoplo como tetris
para mí. La sensación de hormigas por mi espalda y escalofríos me invadió, de
esas veces que sabes que la música es algo más que melodías hermosas. La
experiencia fue única y simplemente me quede quieto, disfrutando de la canción y
mirando a las personas bajo la luz baja y cálida de la cafetería.
Al terminar mis pendientes cibernéticos,
me apresure a comprar un libro (de regalo también). Las librerías japonesas son
enormes, con miles de títulos para escoger, acomodados con gran cuidado y
esmero en las repisas, que con sus tamaños estandarizados forman una bonita
imagen moderna que contrasta con las repisas rusticas y libros viejos que
siempre tengo en mi imaginación. No encontré lo que buscaba, pero si su
sustituto perfecto. Le pedí al cajero que me lo envolviera para regalo. Rápidamente
saco un pliego de papel, y para mi asombro, ejecuto un espectáculo de mil
dobleces al estilo origami, que, sin necesidad de cinta adhesiva, más que solo
un pedazo al final, envolvió con elegancia y perfección el libro.
Mi día de compras estaba casi por
terminar, solo faltaba encontrar el lugar perfecto para comer. Traicione a mi
antigua favorita cadena de Gyudon Sukiya por la alternativa Yoshinoya. Ingresé
al restaurante por la puerta automática, dejando a mis espaldas el ruido de
Shibuya. Escogí mi set del menú en la maquina dispensadora de la entrada,
busque un lugar al final de la barra y entregue mi ticket al cocinero. Tres
minutos después me entregan mi arroz con carne de res. Fue exquisito.
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